28 abr. 2011

Henry Miller: “Trópico de Cáncer”




Si algún hombre se atreviera alguna vez a expresar todo lo que lleva en el corazón,
a consignar lo que es su experiencia real, lo que es de veras su verdad,
creo que entonces el mundo se haría añicos”

HENRY MILLER, Trópico de Cáncer



Trópico de Cáncer” hacía tiempo que me restaba amontonado con los demás libros en espera. Una noche lo cogí para echarle una ojeada y me impactó de tal manera que no fui capaz de separarme de él ni de escapar de ese mundo creado por Miller, degenerado y hermoso a la vez. 
 
Henry Miller fue un escritor estadounidense que escribió obras semiautobiográficas, innovadoras y marginales. Abandonó América para sumergirse en París, dejando atrás familia y pasado. Fue en ese Paris de entreguerra donde, sumido en la miseria, escribió “Trópico de Cáncer” en 1934, novela que no se publicaría en Estados Unidos hasta la década de los sesenta, ya que por el hecho de ser tan transgresora fue acusada de obscena. 
 
Pero es dicha obscenidad, una de las características que hace que este autor se distinga de los demás autores de la época. Miller consigue convertir la obscenidad, todo aquello monstruoso y degenerado que plasma en las líneas de “Trópico de Cáncer”, en una belleza onírica y estremecedora. Leyendo la novela el lector se empapa de un ambiente parisino bohemio, se sumerge en las periferias de la ciudad, en la demacración más desgarradora y en los suburbios que frecuentaban los artistas e intelectuales incomprendidos de la época.
Trópico de Cáncer” fue una liberación de los tabúes sexuales de la época, un grito que rompía innegablemente con el silencio establecido en relación al sexo. 


 
Al leerlo no me impactó en exceso su sensualidad, pues la revolución sexual ya eliminó gran parte de dichos tabúes en los sesenta, pero hay un aspecto en la prosa de Miller que me turbó de forma desmesurada; la autodestrucción que envuelve al protagonista. Una autodestrucción romántica en contra de la sociedad que se apoya en un nihilismo desparramente. Aunque la marginación sea un tema que al largo de los años se ha ido reiterando y, por lo tanto, ha perdido parte de su impacto y fuerza inicial, Miller detalla de forma tan elocuente y directa el ambiente en el que vivía que consigue sumergirte radicalmente en lo marginal. Miller fusiona la destrucción con lo bello, haciendo que todo aquello que es decadente, oculto y deprimente se convierta en una masa abstracta y bizarra que oprime el cuerpo y atrapa al lector en un mundo de ramificaciones oníricas que parece escapar constantemente de la realidad. 
 
El libro no cuenta una historia con principio y fin, ordenada y clara. Es más bien un conjunto de emociones y acontecimientos puntuales muy cuotidianos, plasmados de una manera tan mágica que lo más elemental pasa a ser un caos mental que excita y a la vez asusta al lector. Ese caos también se ve reflejado en los personajes, puesto que el único personaje realmente definido es Henry -Henry Miller-, los demás pasan a ser sombras borrosas poco delimitadas que tienen una relación, más o menos próxima, con el protagonista. 
 
El libro agrupa conceptos muy dispares con una precisión abrumadora, como si se tratase de un gran engranaje. Entre las páginas de Trópico visualizamos a unos personajes perdidos en el mundo –pues han abandonado su país de origen y tampoco se sienten integrados en París- y sumergidos en un mundo propio, bañado por el alcohol, el sexo, la destrucción, pero a la vez envuelto por una áurea de claridad y de coherencia. Son personajes marginados e intelectuales, que comparten en una misma habitación la enfermedad y la cultura, la mugre y la filosofía. 


 
La obra de Miller es precursora a la generación beat y comparable con el movimiento rockero que nacería posteriormente: artistas que no encajan con la sociedad vigente y crean un mundo propio transgresor que huye de lo convencional.
Lo más apropiado para disfrutar del libro es sumergirse directamente en las palabras de este anarquista literario que consigue de forma rotunda que el mundo real se haga añicos y sólo prevalezca la esencia naciente del ambiente de su creación.



Laura-Amanda Bahí

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